Sísifo feliz

Hay que imaginarse a Sísifo feliz. Albert Camus.

Según la mitología griega, el engreído Sísifo, rey de Éfira, fue condenado por los dioses a empujar una enorme roca montaña arriba. Una vez alcanzaba la cima, la piedra rodaba cuesta abajo, repitiéndose la secuencia en la eternidad.

Albert Camus, el novelista francés, observó, en el absurdo día de Sísifo, la existencia de los hombres. Camus adoptó el existencialismo, la experiencia como punto de partida, para entender el mundo en el que vivía. Su debate filosófico giraba alrededor de una única idea: si uno debe o no suicidarse. Camus, pesimista, encontró la respuesta escribiendo. Primero en El extranjero, con el personaje de Meursault, que no encuentra razones de peso para seguir con vida, indiferente a la realidad que le rodea. Cambió su visión en La peste, con un doctor Rieux que cumplió con su deber y se enfrentó a la epidemia, sin cuestionarse por un segundo esa tarea. Son precisamente los problemas, y la resolución de los mismos, lo que dará un sentido a la existencia.

Así lo dejó escrito en el maravilloso ensayo El mito de Sísifo.

Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. (…) Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando. Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre con su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. La lucha misma hacia las cimas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.

El reto que propone el absurdo: vivir una vida satisfactoria a la vez que uno acepta que la muerte es inevitable y que todo aquello que construya desaparecerá en el tiempo. Una árida pelea de la que, sin embargo, es posible salir victorioso, si hallamos un sentido en las distintas dimensiones del día. Tanto en los pequeños momentos (el gesto altruista entre desconocidos) como en las grandes experiencias colectivas (la épica en tiempos de guerra). El mismo Camus comprendió, jugando al fútbol en Argel, la fuerza de la camaradería. Afirmaba que allí, en el campo de arena, aprendió más acerca de la moral y las obligaciones de los hombres que en 50 años de vivencias.

¿Eres digno de tu sufrimiento?

No puedes cambiar tu destino, pero sí controlas la actitud con que afrontarlo.

Esa es la lección de Sísifo.

La decisión consciente lo cambia todo.

La decisión que tomaron algunos marines, en el momento más difícil de la Hell Week, de seguir sufriendo. El barro era el sitio en el que querían estar. Ese sufrimiento fue la motivación para alcanzar su objetivo. El dolor como gasolina. Una idea de Duško.

Antes de ejecutarla identifica cuándo merece la pena sufrir y cuándo no merece la pena hacerlo. Mi consejo es que decidas por instinto. El corazón, mejor que la cabeza, sabrá identificar entornos de crecimiento. Si lo estás pasando mal pero algo te dice que ese es tu sitio, sigue insistiendo. Si no sientes nada, déjalo. De poco servirá buscar la motivación barata de Emilio Duró. El problema es más simple: no estás compitiendo en el sitio correcto. Muévete incesantemente y, una vez lo encuentres, comprométete.

Camus recuperó la expresión cristiana de cargar con la cruz. Una idea que expondría años más tarde Viktor Frankl, superviviente del holocausto, en El hombre en busca de sentido. Camus invertía así el problema: se imaginó a un Sísifo feliz, en un camino de regreso en el que él era soberano dueño de su tiempo. Si esa carga es su destino, no la consideraremos un tormento, es ahora un privilegio. La ética de la lucha y el esfuerzo.

En otras palabras: de ti depende darle un sentido al sufrimiento.

Joan Tubau — Cardinal


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Imagen: Museo Arqueológico Nacional de Nápoles