Montando el pollo (1)

Me gusta observar el comportamiento de la gente.

La historia de hoy empieza en el aeropuerto de Cairns, fea ciudad australiana rodeada de bosque tropical. Yo esperaba mi turno en la cola de embarque cuando el pasajero de enfrente superó, por escasos milímetros, el tamaño de maleta permitido. Algo insólito sucedería a continuación. La azafata le pidió 100 dólares y, sin una sola queja, ese hombre pagó. Dentro del avión, todavía atónito, le pregunté que por qué lo había hecho y me respondió que eran las normas. Le conté que en mi país la tradición exige montar el pollo (no recuerdo cómo traduje eso), que suelo terminar pagando, pero que, gracias al rifirrafe, consigo darme una opción. Me dijo que, por favor, no le molestara.

Transcurridas 22 horas llegaba a Bruselas, segunda y última escala de mi viaje. Una chica sobresalía en la cola de embarque. No exagero si digo que llevaba 30 kilos en equipaje de mano, repartidos entre mochila de campamento y bolsas comerciales. Volando con Ryanair, lógicamente, recibió el alto. Intentó primero encajarlo en la caja metálica; luego optó por vestirse como si fuera al Himalaya. Su persistencia era admirable pero el rival, datáfono en mano, no mostraba flaqueza. ¿De dónde sacó las fuerzas para seguir luchando? Solo Dios lo sabe. Desde pequeña había visto que las reglas podían negociarse pero llevaba, hasta límites insospechados, esa máxima. Las impasibles azafatas mostraron nerviosismo y, viendo su oportunidad en el caos, ocurrió un hecho fascinante: la colaboración altruista entre perfectos desconocidos.

Solidaridad entre pasajeros

Todos ofrecimos, de forma espontánea, el espacio libre en nuestras maletas para, una vez superado el control, devolverle sus pertenencias. Puedo decir con orgullo que yo llevé un secador y un libro de Coelho. El consultor anglosajón que había definido la restrictiva política, quizá el señor de Cairns, nunca pudo prever ese escenario. La diferencia es cultural, no biológica. No había duda. Ese avión se dirigía a España.

Las normas sociales pueden ser rígidas o flexibles. No son buenas ni malas.

Cada sociedad decide su nivel de enforcement. No existe un óptimo universal.

Es recomendable, sin embargo, controlar la varianza dentro de un mismo grupo.

La vida será más fácil si compartes unos principios de conducta con tus vecinos.

Joan Tubau — Cardinal


La segunda parte de este artículo saldrá publicada el domingo 12 de abril.

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Fotografía: Karl Köhler | https://unsplash.com/@karlkoehler