El infierno del norte

Solo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos. Fiódor Dostoyevski.

La Paris-Roubaix es una carrera de otra época.

El gran monumento del ciclismo moderno transcurre por los adoquinados caminos de la Hauts-de-France, antiguas trincheras de la Gran Guerra. No hay días fáciles en el bosque de Aremberg, en la comuna minera de Wallers. Si llueve, el barro. Si sale el sol, el polvo. La Roubaix es una carrera caprichosa, en la que mil peligros acechan. El ciclista, marioneta de las moiras, corre expuesto a los elementos. Su destino se cruza con una avería, un borracho o un perro. Incluso un tren de mercancías. Harto de la arbitrariedad, Hinault la catalogaría de connerie. Alcanzar el velódromo André-Pétrieux es ya una victoria. Lloró Hayman, con arena en los ojos, después de ganarle el sprint a Boonen. Y lloró Cancellara, con sangre en la rodilla, enésima víctima de la carretera. Todos, tarde o temprano, mordemos el polvo. Esa es la lección del pavé.

Encuentra tu sufrimiento

Si algo caracteriza la Roubaix es que sus corredores lucen las cicatrices con orgullo. Un hecho sin duda singular, una señal de estatus que no ofrecen otras carreras. Uno espera que la herida no cicatrice. Y así enseñársela un día a los nietos. En la edición de 1985, Theo de Rooij, favorito en las apuestas, tuvo que abandonar después de una caprichosa caída. Ya en el velódromo, cubierto de fango y gloria, atendió a los medios. «Esta carrera es de locos. Trabajas como un animal. Te meas encima. Resbalas en el barro. Es todo un montón de mierda». Un periodista le preguntó si volvería a correrla.

Theo respondió: «Claro, es la carrera más bonita del mundo».

Joan Tubau — Cardinal


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Imagen: Walter Vermeulen