Exposición positiva

Estar activo es condición indispensable para ser feliz. Arthur Schopenhauer.

La frase ‘todo tiempo pasado fue mejor’ es un engaño de la mente. No es cierto que la vida fuera más fácil en los 80. Los mayores no eran más felices, ni los desconocidos más amables. Los jóvenes no eran más disciplinados pero tampoco más vagos. Es rotundamente falso que los precios fueran más baratos. La corrupción era práctica habitual y el paro no bajaba del 20%. La experiencia vital no era ni mejor ni peor. Tus padres compraban lotería soñando con dejar un empleo monótono y tú ibas al colegio con las mismas ganas que un niño de 2020. Los ciudadanos progresaban, como en la España actual, con esfuerzo, valentía y un punto de suerte. No es que antes todo fuera mejor. Lo que pasa es que antes eras pequeño. Y todo es mejor cuando eres pequeño.

Dicho esto, toda regla presenta una excepción. La Viena del kaiser, la de Zweig en El mundo de ayer, sí puede considerarse un momento histórico objetivamente mejor.

Nunca existió, ni existirá, un ambiente más sano en el que criar a un hijo. Las escuelas seguían métodos estrictos pero los adolescentes, fuera de clase, crecían en un clima de total libertad. El romanticismo, que trastocó el XIX, seguía inspirando los corazones valerosos del viejo continente. Lógico creer en imposibles al cruzarte con Mahler por las adoquinadas calles del imperio. Los genios, de carne y hueso, levantaban el espíritu. Zweig haría nudillos, no para holgazanear, sino para asistir a los estrenos teatrales de Reinhardt. Recuerda con especial orgullo una primera edición de Nietzsche. Su pandilla invertía horas y horas en la biblioteca, filtrando lo más fresco y revolucionario. Nada se les escapaba, compartiendo hallazgos igual que hacemos hoy en Twitter. Zweig y sus amigos diseñaron su propio plan docente, leyendo los tratados de Kierkegaard, la poesía de Rilke y las novelas de Dostoyevski. «Un público curioso, críticamente despierto y entusiasmado con entusiasmarse. Parecía poseernos una especie de fiebre de saber y conocer todo lo que se producía en el ámbito de las artes y de la ciencia». A principios del XX, los chicos soñaban con escribir epopeyas y componer sinfonías, viajando por una Europa despreocupada y humanista, con oportunidades nunca antes imaginadas. El futuro solo podía deparar nuevas alegrías.

Y es que el entusiasmo entre los jóvenes es un fenómeno contagioso. Dentro de un aula se transmite, del uno al otro, como el sarampión o la escarlatina, como entre los neófitos, que movidos por una ambición infantil y vanidosa, siempre intentan superarse en su saber cuánto antes, y a fuerza de azuzarse se estimulan mutuamente. Vistas así las cosas, por eso mismo resulta más o menos accidental el cariz que toma esta pasión; si en una clase hay un coleccionista de sellos, pronto saldrá una docena de locos semejantes; si hay tres que se entusiasman con las bailarinas, los demás también acabarán apostados, cada día y a pie firme, en la salida de artistas de la Ópera. Tres cursos después del nuestro, hubo una clase que vivía obsesionada por el fútbol, y la inmediatamente anterior estaba poseída por el socialismo y por Tolstói. Que por una casualidad yo cayera en una clase de fanáticos del arte, tal vez resultó decisivo para el rumbo que tomaría mi vida.

El entorno creativo

El entorno determina tu suerte.

No eliges el carácter ni eliges un talento. No eliges la lengua que hablas ni eliges la época que vives. No eliges a tus padres ni tampoco eliges a tus hijos. Sí eliges la fidelidad. Sí eliges tus creencias. Sí eliges un oficio. Eliges la persona que quieres ser pero no la persona que eres. No eliges tu suerte pero sí eliges, parcialmente, un marco de crecimiento. Eliges darte mejores oportunidades. Eliges rodearte de gente más o menos competitiva. Eliges, arriesgándolo todo, emigrar a nuevos y peligrosos países.

No existe, fuera del entorno, una vocación temprana. Zweig creció en una familia tolerante y exigente. Los mentores, los padres, están para darte alas y bajarte los humos. Hasta que las amistades tomen el relevo. El nivel de la contienda condiciona el carácter futuro. Busca rivales dignos de tu talento. El joven Zweig admiraba los textos del poeta Hugo von Hofmannsthal. Si él lo ha conseguido, ¿por qué no puedo yo hacerlo? Queda, simplemente, repetir el proceso. Todos los días. Todos los meses. Hasta soñar la tarea. Primero sumergirse para luego desconectar. Y confiar que, en algún momento, aparezca la idea. Trabaja más horas para estar expuesto el mayor tiempo posible. No la dejes escapar cuando se presente sin avisar, anteponiendo su captura a cualquier cometido vigente. Escribe las precisas palabras en tu cuaderno.

¿Dónde se esconden las buenas ideas?

Billy Wilder sabe dónde no buscarlas.

Uno siempre se pregunta cómo hacer una película que guste, que tenga éxito, que funcione. Pero, de hecho, los que toman las decisiones ignoran los gustos del público, sus diferentes motivaciones y, sobre todo, su reciente evolución. Tratamos de darles exactamente lo que les gustó la última vez, sin comprender que esa es una de las razones por las que no vuelven. Nadie ha creado nunca a una estrella y nadie ha podido saber nunca lo que iba o no iba a tener éxito. Marilyn Monroe no se distinguía de otras dieciocho Marilyn Monroe. Nadie ha podido saber nunca si al público le iba a gustar o no una película. Él es el único que tiene el poder de crear a las estrellas. Y es maravilloso, porque esta incertidumbre permite la creación.

5 horas ininterrumpidas

Las buenas ideas aparecen a partir de la quinta hora.

Las 5 horas son la frontera psicológica entre el aprendiz y el maestro. Trabaja desde una posición de libertad, económica y espiritual, para pensar con tranquilidad y esperar paciente la oportunidad. A pesar de las conquistas pasadas, la hoja en blanco genera las mismas dudas de toda la vida. La mayoría desistirá, no por falta de talento, sino por falta de agallas, incapaces de gestionar la incertidumbre. Todo lo que debían hacer era seguir escribiendo. Y confiar que las piezas encajaran, por arte de magia, en la quinta hora del proceso. Por encima de todas las cosas, no interrumpas el rito, o regresará el contador a 0. Jack, en El resplandor, explota ante la enésima intromisión de Wendy. 5 horas y la solución aparece, simple y evidente, delante de tus narices. ¿Cómo no la había visto antes? Porque todavía no se habían cumplido las 5 horas.

El consejo de Camilo José Cela era el de insistir todos los días. «Y por burro que sea uno, algo te saldrá». Francisco Umbral compartiría similar reflexión en Mortal y rosa.

Uno se ha pasado la vida corriendo detrás de las cosas, y ahora, cuando quisiéramos un poco de retiro y soledad, las cosas, la vida, la calle, toman la forma intrusa de un entrevistador cualquiera, de un delfín de las calles que viene con su olor a intemperie, con su prisa, a intentar arrancarme en tres cuartos de hora el secreto del éxito, la fórmula del triunfo, las claves del oficio. «¿Y usted cómo lo hizo, y usted como lo hace?» Mira, niño, no hay fórmulas, no hay recetas. Aprende y espabila. Ten paciencia, pero no dejes de impacientarte todos los días. Ten paz, pero no dejes a nadie en paz. O la estudiante de gafas, bajita, sonriente, incondicional. «¿Y cómo se escribe un artículo, y cómo se hace una novela?» Siempre preguntan estas cosas. ¿Se acuesta usted pronto, se levanta usted tarde?

Cada detalle cuenta. He invertido 50 horas en este artículo. 5 en las notas previas, 5 en una primera redacción y 40 en la revisión. Las frases memorables aparecen, de forma fortuita, en la fase de revisión. El riesgo es ingrediente esencial. ¿Cuál es tu tolerancia al fallo? Opera sin red de seguridad, en situaciones ligeramente descontroladas. Trabaja con la disciplina de un contable, esperando lo inesperado. Zweig dice que sus antiguos compañeros son ahora admirados y aburridos abogados, que recuerdan con nostalgia los años de juventud. Mostrar personalidad a los 18 es fácil. El reto es mantenerla a los 30. ¿Podrás pagar las facturas con tu talento? La presión del entorno será sutil pero colosal. Tu pareja te enseñará las fotos de una boda a la que no llegas y tus amigos subirán gasto para dejarte claro que ya no eres bienvenido. La sociedad no tolera al rebelde, quien insinúa, con su felicidad, que otra vida es posible. Vendieron sus sueños por una falsa promesa de estabilidad, a pesar de saberse desgraciados en ese equilibrio colectivo. Solo el loco persigue la idea hasta las últimas consecuencias.

Joan Tubau — Cardinal


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Imagen: La primavera, Sandro Botticelli